Mucho ruido. Parece, como dijo Pearl Sydenstricker Buck, que este sea “el medio convencional establecido para sobrepasar la voz de la conciencia”. Está en todas partes y a todas horas. Son pocas, poquísimas, las horas de silencio y recogimiento, y la reflexión se pierde en ese desmedido estruendo de las bocinas, de las motocicletas, los desaforados gritos desde los parlantes, de la gritería en esos mercados persas en que se ha convertido este mundo de consumo y de guerras y desconciertos. Nada detiene esta apocalíptica interferencia que afecta la comunicación de los seres humanos, que se ha convertido en un eterno pregón de los, casi siempre inútiles, rumores que se oyen, a veces, sin mayor atención para los que oyen. Y la música, que tantas alegrías produce, con frecuencia se muda en una tortura por los decibeles que muchos imprudentes le imprimen y se vuelve un martirio o, como lúcidamente dijo Kant, “A la música va unida cierta falta de urbanidad porque daña la libertad de los demás”.

Detrás del ruido hay desesperanza. Se detiene el diálogo y la armonía, y la naturaleza se perturba, pues los sonidos y los acordes del día se transforman en tormenta, en dolor, en incertidumbre. Está en marcha una hecatombe ambiental, cientos de eventos climáticos asolan al planeta en todos los puntos cardinales: terribles tormentas, nevadas impresionantes, tornados, lluvias torrenciales, derrumbes, granizadas, inundaciones, terremotos, calores intensos. El ingrediente humano agrega ruidos que se suman a la tragedia con guerras y abusos a la naturaleza, con la mendaz justificación del progreso, del desarrollo, de los adelantos para que la humanidad viva mejor, aunque las estadísticas revelen que las sequías y el hambre crecen desmedidamente, tanto como crecen las fortunas de unos pocos…

Ahí está el ruido que interrumpe las conversaciones, que no deja escuchar los clamores, que se interpone entre las razones, que despoja los senderos de la serenidad y el placer. Ahí está para rebelarse contra las peticiones de silencio, para aturdir las noticias, para ocultar la verdad y desconocer la fuerza de la concordia y la placidez. ¡Silencio es antónimo de ruido!

 

 

Por Luis Fernando García Núñez


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